Un informe internacional advierte que la mentira circula más rápido, es más barata de producir y cada vez más difícil de detectar. Frente a ese escenario, expertos, periodistas y organismos globales proponen una respuesta integral basada en regulación, educación, tecnología ética y fortalecimiento del periodismo.
Por Fernando Viano
En la era de la inteligencia artificial, la desinformación dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en una industria global que amenaza la calidad del debate público, la confianza social y, en última instancia, la democracia. Así lo advierte la “Guía sobre desinformación: La verdad bajo presión”, elaborada en el marco de la Cumbre Global sobre Desinformación 2025, con participación de la Sociedad Interamericana de Prensa, la Fundación para el Periodismo, Proyecto Desconfío y la Fundación Gabo.
El diagnóstico es contundente: la mentira no solo circula, sino que lo hace más rápido, más barato y con mayor impacto que la información verificada. Según datos citados en el informe, los contenidos falsos se propagan un 70% más rápido que los verdaderos en internet, impulsados por algoritmos que privilegian la indignación, el miedo o la reacción emocional.
A esto se suma un factor decisivo: el abaratamiento extremo de la manipulación digital. Hoy, generar un video falso -un deepfake- puede costar apenas 20 dólares, mientras que el costo global de la desinformación asciende a unos 78.000 millones de dólares.
La inteligencia artificial y la “industrialización” de la mentira
La irrupción de la inteligencia artificial generativa profundizó el problema a niveles inéditos. Audios manipulados, imágenes alteradas y videos sintéticos ya no son excepciones, sino herramientas accesibles que amplifican la desinformación en temas sensibles como salud, cambio climático, procesos electorales o conflictos políticos.
Expertos advierten que este fenómeno convirtió a las audiencias en “conejillos de indias de un experimento informativo a gran escala”, donde la opacidad de los sistemas, la falta de alfabetización digital y la velocidad de circulación dificultan distinguir entre lo real y lo falso.
Además, la IA no solo produce desinformación: también erosiona el ecosistema informativo. El uso masivo de contenidos periodísticos para entrenar modelos sin autorización ni compensación afecta la sostenibilidad económica de los medios, profundizando una crisis estructural del sector.
Una amenaza directa a la democracia
El informe subraya que la desinformación no es solo un problema tecnológico, sino político. Se trata de una herramienta utilizada por actores estatales, grupos de poder y organizaciones con fines económicos o estratégicos para manipular la opinión pública y debilitar instituciones.
Investigaciones recientes muestran cómo estas prácticas se combinan con campañas de descrédito contra periodistas, verificadores y académicos. Desde litigios estratégicos hasta acoso digital o amenazas, el objetivo es el mismo: erosionar a quienes intentan sostener la integridad informativa.
En ese contexto, la lucha contra la desinformación aparece como una disputa por el control del relato público. Y, en consecuencia, por el funcionamiento mismo de las democracias.
Seis claves para enfrentar el fenómeno
Lejos de proponer soluciones aisladas, el documento plantea una estrategia integral basada en seis ejes centrales: Coordinación global entre gobiernos, empresas tecnológicas, academia y sociedad civil; marcos legales transparentes que combinen libertad de expresión con rendición de cuentas; tecnología con valores, que no premie la viralidad de la mentira; educación ciudadana para desarrollar pensamiento crítico; control del poder, con protección efectiva al periodismo y construcción de confianza, como base de sociedades resilientes.
El concepto clave que atraviesa estas propuestas es el de “integridad informativa”: un ecosistema donde la información confiable sea accesible, verificable y útil para la toma de decisiones públicas.
El rol del periodismo: entre la crisis y la resistencia
En este escenario, el periodismo aparece como actor central pero también como uno de los más afectados. La proliferación de falsedades, la pérdida de financiamiento y los ataques políticos han debilitado tanto a medios tradicionales como a organizaciones de verificación.
Sin embargo, el informe también destaca su capacidad de adaptación. Desde herramientas de inteligencia artificial para detectar campañas de desinformación hasta nuevas estrategias narrativas -como evitar amplificar rumores o reforzar la transparencia-, el sector busca reconstruir credibilidad.
La tensión es clara: mientras la desinformación se vuelve más sofisticada, la verificación sigue corriendo detrás de los hechos. “Es el juego del gato y el ratón”, advierten especialistas, con una desventaja estructural: las falsedades siempre llegan primero.
Un problema sistémico
Uno de los principales aportes del informe es su mirada estructural. La desinformación no es solo una suma de contenidos falsos, sino el resultado de un ecosistema que la favorece: modelos de negocio basados en la atención, algoritmos que priorizan la viralidad y debilidades institucionales.
Por eso, la respuesta no puede limitarse al chequeo de datos. Requiere transformar las condiciones que permiten que la mentira sea más rentable, más visible y más influyente que la verdad.
El documento concluye con una advertencia y, al mismo tiempo, con una apuesta: la defensa de la integridad informativa es, en definitiva, una defensa de la democracia.
En un entorno donde cualquier imagen, audio o video puede ser manipulado, la confianza se convierte en el recurso más escaso y más valioso. Recuperarla exige no solo mejores herramientas, sino también instituciones sólidas, ciudadanía crítica y un periodismo capaz de sostener estándares de calidad en medio de la presión. La batalla ya está en marcha. Y, según el informe, solo puede ganarse de manera colectiva.
