Hay algo más grave que gobernar mal. Es haber llegado mintiendo y gobernar mal.
No exagerando, no prometiendo de más -eso sería apenas política- sino mintiendo como método, como identidad, como contrato fundacional con la sociedad. Javier Milei no construyó una fuerza política: construyó un relato. Un relato mentiroso, falso y esencialmente oportunista. Y ese relato, como tal, con el correr de los meses, empezó a derrumbarse pieza por pieza, como un escenario de cartón. La Libertad Avanza no era distinta. Nunca lo fue. Si fue y es, en cambio, una ficción. Y una muy mala.
Dijeron que venían contra la casta. Mintieron.
Dijeron que eran austeros. Mintieron.
Dijeron que no iban a usar el Estado en beneficio propio. Mintieron.
Dijeron que eran transparentes. Mintieron.
Dijeron, dijeron, dijeron. Y lo siguen haciendo, tal vez amparados en esa máxima que dice: miente, miente, que algo quedará. Pero lo que va quedando, son las hilachas.
El problema no es un escándalo puntual. Es la acumulación. Es la persistencia. Es la naturalidad, pero también la grosería con la que una promesa se transforma en su contrario sin que nadie en el oficialismo parezca siquiera incómodo. Y, también, la voracidad con la que quieren arrasar con todo. Con todos.
El caso de la criptomoneda $Libra no fue un “error” ni un exceso de entusiasmo digital. Fue la exhibición obscena de cómo funciona el poder cuando se disfraza de outsider: el Presidente promoviendo un activo que terminó desplomándose, con denuncias, sospechas de acuerdos millonarios y miles de perjudicados. ¿No venían a terminar con la especulación y la trampa? No: venían a administrarla.
Después están los negocios que no se cuentan, los vínculos que no se explican, las voces que aparecen en audios hablando de porcentajes, retornos y favores. El nombre de Karina Milei -el verdadero centro de gravedad del gobierno- aparece una y otra vez orbitando esos relatos. No hace falta una condena firme para entender el cuadro: la opacidad ya no es un accidente, es una forma de ejercer el poder. Y supera ampliamente al 3% con el que la hermana del presidente se benefició a diestra y siniestra. Que de siniestra, por otra parte, tiene mucho.
Y como si todo esto fuera poco, aparecen los “deslomados”.
La palabra la instaló Manuel Adorni con una convicción casi heroica. Tan heroica como la caradurez con que cada mañana se paraba al frente de los micrófonos a sostener el relato. Esa disciplina le valió, claro está, oscuros beneficios que ahora salen a la luz y ponen en evidencia el «costo marginal» con que se mueven las cabezas de La Libertad Avanza. Funcionarios que se rompen el cuerpo, que se sacrifican, que trabajan sin descanso. La épica del esfuerzo como escudo moral. Pero la realidad, otra vez, es menos épica y más reconocible: viajes con familiares, explicaciones que se contradicen, patrimonios que no terminan de cerrar, mansiones que no aparecen donde deberían aparecer, es decir, en las declaraciones juradas.
Los deslomados no están agotados de trabajar. Están, en cambio, agotando la paciencia de una sociedad que se mueve al ritmo letal de la desilusión, de la desesperanza.
Hablan de sacrificio, pero ejercen privilegios.
Hablan de transparencia, pero son especialistas del ocultismo.
Hablan de libertad, pero la negocian en beneficio propio, condenando al pueblo a una esclavitud económica cada vez más asfixiante.
Esa, y no otra, es la verdad incómoda que se abre paso entre tanto mentiroso relato: los que realmente se están deslomando no están en la Casa Rosada ni en los sets de televisión. Están en la calle, en las fábricas que bajan persianas, en los comercios que achican o desaparecen, en los trabajadores que hacen cuentas imposibles para llegar a fin de mes. Mientras el gobierno declama sacrificio, la economía real acumula señales de demolición: caída de la actividad, aumento del desempleo, crecimiento de la pobreza, salarios que pierden frente a una inflación que no da tregua en lo cotidiano. Los “deslomados” oficiales hablan de esfuerzo mientras administran un modelo que traslada todo el peso del ajuste a los mismos de siempre. No hay épica en eso. Hay transferencia. Hay una decisión política de quién paga y quién se protege. Y en esa ecuación, Javier Milei y su séquito no están del lado del sacrificio, sino del lado de quienes lo exigen desde una comodidad cada vez más difícil de disimular.
Y todo eso no es una contradicción aislada. Es coherente con el origen mismo de La Libertad Avanza, un experimento que le está costando muy caro a los argentinos.
También mintieron con los nombres.
Mintieron con los equipos.
Mintieron con la “nueva política”.
Ahí está Patricia Bullrich, una acomodaticia eterna al calorcito del poder, despojada de cualquier escrúpulo a la hora de ocupar un cargo político, sin importar en lo más mínimo de qué lado se esté. Ahí está Luis Caputo, emblema perfecto de la continuidad disfrazada de ruptura: causas judiciales, historia en el corazón del sistema financiero, pasado reciclado como novedad. Ahí está Federico Sturzenegger paladín del megacanje de 2001, con paupérrima gestión en el Banco Central durante el gobierno de Mauricio Macri y un enfoque económico ortodoxo, siempre perjudicial para la producción y el empleo.
La casta no fue eliminada. Fue recontratada.
Y alrededor, como en todo sistema que basa su existencia en la mentira, en la tergiversación, empiezan a aparecer los vínculos incómodos: financistas dudosos, relaciones peligrosas, nombres asociados a investigaciones pesadas. Narcotráfico. No es necesario probar cada extremo para advertir el patrón. El patrón ya es evidente.
La Libertad Avanza no falló en cumplir sus promesas. Nunca tuvo intención de cumplirlas.
La mentira no fue un desvío: fue el punto de partida. La herramienta para llegar, el recurso para sostenerse, el idioma cotidiano de la gestión. Una maquinaria que funciona a base de repetir consignas mientras la realidad avanza en sentido contrario.
Por eso ya no sorprende nada. Ni los escándalos, ni las explicaciones inverosímiles, ni la velocidad con la que una verdad de campaña se convierte en una falsedad de gobierno.
Lo único que queda es la insistencia.
Mentir, insistir, seguir. Deslomarse de tanto sostener una mentira que ya no se puede disimular.
Por Fernando Viano
