Los especialistas y principales consultoras coinciden al aseverar que los datos que maneja el Presidente Javier Milei respecto a la baja de la pobreza y la indigencia son un poco exagerados y en ese sentido argumentan que la pobreza oficial señala que estamos con menor pobreza que la que dejó Macri, pero ningún indicador de ingreso laboral, que es el principal en el ingreso de los hogares, está mejor que cuando el PRO dejó el Gobierno.

Si se ajusta la metodología, los niveles actuales de pobreza estarían por arriba del 40%, por lo que la situación es comparable a la que dejó Macri en 2019 con un 35% de pobreza, pero al aplicar las actualizaciones que reflejan los cambios en precios y ponderadores, tanto aquel momento como este arrojan valores mayores.

No hay explicación para una caída tan abrupta de casi seis puntos en la pobreza, es más un problema metodológico que un cambio real en el bienestar de los hogares. La mejora se explica en parte por un cambio en la captación de ingresos -quizás por la forma del instrumento o por cómo los hogares declaran lo que ganan-, pero eso no significa que haya un salto real en el consumo o en la calidad de vida.

Para analizar en detalle la pobreza, es fundamental tener en cuenta la creación de puestos de trabajo, que en los últimos años continúa estancada e incluso se encuentra por debajo del umbral de 2017, a la par que crece el empleo informal y con remuneraciones más bajas. La tasa de pobreza por ingresos está directamente atada a salarios y empleo, que hoy están estancados, y por ese lado no puede venir una mejora real.

Los salarios registrados a junio de 2025 aún están un 5,5% debajo de noviembre de 2023, según el último dato disponible de INDEC. Aunque cuando se segmenta por privados y registrados, estos últimos son los que más perdieron poder adquisitivo: un 14,3% desde la asunción de Javier Milei, mientras que los primeros cedieron un 0,6% .

En la medición de la pobreza por ingresos también está en discusión la falta de actualización de la canasta de alimentos y servicios que se utiliza para medir la pobreza por ingresos que debería realizarse en base a la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2017-2018 (ENGHo), que cambia los patrones de gastos que tiene una familia. La caída en la pobreza en general no tiene la misma consistencia, porque se mide con una canasta que no refleja los precios actualizados de servicios, tarifas o transporte, que hoy pesan mucho más en los hogares.

Las estadísticas muestran mejoras, pero no estamos comparando escenarios equivalentes en términos de capacidad de consumo. Los consumos corrientes de los hogares vienen bajando, mientras que los gastos fijos, como tarifas, transporte o educación, aumentan. Con una metodología que considere estos cambios en la estructura del gasto, la pobreza sería más alta de lo que hoy muestran los indicadores.

En el primer trimestre de 2025, la pobreza -medida por ingresos- cayó al 31,5% y la indigencia afectó al 6,9% de los argentinos, según las proyecciones en base a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) elaborada por Cedlas y el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, mostrando una fuerte retracción frente al mismo período de 2024.

El índice se había disparado en los primeros meses del gobierno de Javier Milei después de la devaluación del 54%, la aceleración de la inflación y la profunda recesión que atravesaba el país. Extrapolado al total de la población, esto implica que 14.954.234 personas están bajo la línea de la pobreza, de las cuales 3.275.690 están en la indigencia.

En un tono electoralista que mantuvo tras la derrota en las legislativas bonaerenses, el presidente Milei afirmó que “hemos sacado de la pobreza a 12 millones de argentinos”. Sin embargo, los datos oficiales muestran otra realidad: desde el inicio de su gestión salieron de la pobreza 6.133.637 personas, apenas la mitad de lo que sostiene el mandatario.

Sin embargo, pese al número que está en debate, no implica que estas personas salieron de la pobreza para siempre o que ya no están en riesgo. Son personas a las que normalmente el ingreso apenas les alcanza, o directamente no les alcanza, según la coyuntura. En el primer semestre de 2024, tras la devaluación y el salto inflacionario, su poder adquisitivo se deterioró fuertemente y pasaron a ser considerados pobres bajo la medición por ingresos. Ahora, con la desaceleración de la inflación, recuperaron parte de ese poder de compra y dejaron de ser pobres según ese indicador. Sin embargo sus condiciones de vida no cambiaron sustancialmente: siguen viviendo en el mismo lugar, con los mismos servicios y realizando los mismos trabajos.

Y es que la pobreza no es solo un indicador que se refleja en las estadísticas, sino una realidad que atraviesa el día a día de las personas. Puede parecer una obviedad, pero hablar de pobreza únicamente en términos numéricos, sin considerar cómo viven esos hogares, resulta reduccionista y, en el mejor de los casos, superficial.