La pelotudez puede alcanzar dimensiones extraordinarias cuando se combina con el poder, la soberbia y la incapacidad de reconocer el sufrimiento ajeno. Javier Milei acaba de ofrecer una demostración inquietante: mientras millones de argentinos recurren al endeudamiento para sobrevivir, el Presidente se burla de quienes aseguran no llegar a fin de mes. Una declaración que revela mucho más sobre quien la pronunció que sobre aquellos a quienes pretende desacreditar.
La Real Academia Española reconoce desde hace décadas una palabra que los argentinos utilizamos con extraordinaria frecuencia: «pelotudo». Incorporada al Diccionario de la lengua española, al menos, desde su edición de 2001, la expresión se utiliza para referirse a una persona que tiene pocas luces o actúa como si las tuviera. También se reconoce su carácter de insulto. Sin embargo, cualquier argentino sabe que esa definición apenas alcanza para describir la extraordinaria variedad de ejemplares que ofrece nuestra vida cotidiana. Porque hay pelotudos ingenuos, cuya torpeza puede despertar cierta ternura; pelotudos distraídos, que cometen errores sin mayores consecuencias; pelotudos entusiastas, capaces de defender con pasión cualquier disparate; pelotudos convencidos de poseer siempre la razón y otros tantos pelotudos que necesitan exhibir su supuesta inteligencia incluso cuando no tienen absolutamente nada inteligente para decir. Los hay inofensivos, simpáticos, insoportables y peligrosos. Algunos reconocen sus limitaciones y hasta saben reírse de ellas. Otros, en cambio, han desarrollado una habilidad extraordinaria para convertir su propia pelotudez en una certeza indiscutible. Y entre todos ellos existe una categoría particularmente preocupante: la de aquellos que, además de comportarse como pelotudos, disponen del poder suficiente para que sus pelotudeces tengan consecuencias sobre la vida de los demás.
La pelotudez tiene manifestaciones de todo tipo. Algunas son inofensivas, otras apenas provocan vergüenza ajena y existen aquellas que, por sus consecuencias, deberían encender todas las alarmas. Entre estas últimas se encuentra la que nace, justamente, de la combinación entre la ignorancia, la soberbia y el poder, de la que Javier Milei acaba de ofrecer un ejemplo difícil de superar. En un país donde millones de personas recurren al crédito para afrontar sus necesidades más elementales, el presidente de la Nación considera una pelotudez afirmar que los argentinos no llegan a fin de mes. Y pretende demostrarlo con un razonamiento que, si no fuera pronunciado por quien ocupa la máxima responsabilidad institucional del país, podría pasar por una ocurrencia desafortunada (una más de tantas).
Ocurrió este lunes 19 de octubre, durante su participación en un encuentro empresarial del sector energético en Neuquén. Allí, Milei decidió desacreditar a quienes advierten sobre las dificultades económicas de la población, al sostener que afirmar eso se trata de «una pelotudez más grande que una casa». Su argumento fue tan elemental como revelador: si los argentinos se quedan sin dinero el día 20, ¿cómo hacen para sobrevivir los diez días restantes sin comer y sin beber? La pregunta, formulada con la seguridad de quien cree haber descubierto una contradicción formidable (semejante a aquello de ser experto en crecimiento con o sin dinero), expone una desconexión alarmante con la vida cotidiana. Porque cualquier persona que haya administrado alguna vez un presupuesto familiar sabe perfectamente que quedarse sin dinero no significa dejar de comer o beber. Significa empezar a financiar la supervivencia con recursos que todavía no se tienen. Significa endeudarse. Y significa, fundamentalmente, que el salario ha dejado de cumplir una de sus funciones más básicas: permitir que una persona pueda vivir de su trabajo.
Quizás el Presidente sea lo suficientemente pelotudo (o se haga) como para no saberlo. Quizás ninguno de los pelotudos en su entorno haya considerado necesario explicárselo. O quizás lo sepa perfectamente y prefiera convertir una realidad dolorosa en otra oportunidad para alimentar su interminable confrontación con quienes piensan distinto. Es decir: alimentar su ilimitada pelotudez. Cualquiera de las tres posibilidades resulta preocupante, porque los argentinos no desaparecen cuando se les termina el sueldo, siguen viviendo, naturalmente. Pero lo hacen utilizando tarjetas de crédito para comprar alimentos, solicitando préstamos mediante aplicaciones, recurriendo a familiares o amigos, abonando el mínimo de los resúmenes y acumulando obligaciones que volverán a encontrarlos al mes siguiente con ingresos insuficientes. Hay algo particularmente perverso en confundir esa capacidad de resistencia con una señal de bienestar. Que una familia siga comiendo gracias al crédito no significa que sus ingresos alcancen. Y que un trabajador consiga pagar el alquiler después de postergar otras obligaciones no constituye un triunfo de ningún modelo económico.
La verdadera pelotudez
No se trata, además, de una percepción alimentada por adversarios políticos ni de una construcción mediática destinada a perjudicar al Gobierno. Los números existen, son públicos y provienen de organismos oficiales, con cifras extraordinariamente preocupantes y que describen las dificultades crecientes de gran parte de la población para cumplir con sus compromisos financieros. Y, sin embargo, el Presidente parece encontrar más sencillo desacreditar el problema que detenerse a comprenderlo. Ni hablar de solucionarlo, claro.
Después de casi tres años al frente del Gobierno nacional, Javier Milei ya no puede hacerse el pelotudo y seguir refugiándose en las responsabilidades ajenas para justificar las consecuencias de sus propias decisiones. La Argentina que hoy gobierna es también el resultado de un programa económico que ha convertido el ajuste en una bandera y el sacrificio de millones de personas en un costo aparentemente aceptable. La distancia entre el relato gubernamental y la vida cotidiana no es una cuestión menor ni una simple diferencia de interpretaciones económicas, es la expresión de un modelo que parece exigir sacrificios sin límites a la población mientras sus responsables se niegan a reconocer las consecuencias sociales de sus decisiones. Y lo verdaderamente indignante es que, frente a semejante realidad, Milei no manifieste preocupación ni ensaye una respuesta, sino que elije la burla, como si las penurias de millones de argentinos fueran apenas una exageración destinada a incomodar su pelotudez.
Hay algo especialmente inquietante en la naturalidad con la que Milei utiliza la descalificación para responder a cualquier planteo que contradiga su visión del mundo, y es que detrás de las palabras que el Presidente ridiculiza existen personas reales, familias que trabajan, jubilados que administran ingresos insuficientes y jóvenes que encuentran cada vez más difícil construir un proyecto de vida independiente.
Y aquí aparece otra dimensión de la pelotudez: la convicción de que una interpretación ideológica puede imponerse sobre cualquier evidencia. Lo que debería preocupar al Presidente no es que alguien diga que los argentinos no llegan a fin de mes, sino que tantas personas necesiten endeudarse para conseguirlo. Esas son las pregunta que merecen una respuesta: ¿Por qué alguien que trabaja todos los días debe utilizar crédito para comprar alimentos? ¿Por qué un jubilado necesita ayuda para afrontar gastos indispensables? ¿Por qué tantas familias han convertido el pago mínimo de la tarjeta en una costumbre y el ahorro en un recuerdo cada vez más lejano?
La pelotudez, cuando se manifiesta en alguien que ejerce semejante responsabilidad, deja de ser una cuestión anecdótica. Se convierte en un problema político y, más grave aún, social. Porque un presidente que no comprende las dificultades de la sociedad que supuestamente conduce, muy difícilmente pueda encontrar respuestas adecuadas para resolverlas. Y uno que las comprende, pero decide ridiculizarlas, revela una insensibilidad y un grado de pelotudez todavía más preocupante.
Y es que en definitiva, la verdadera pelotudez más grande que una casa no consiste en que millones de argentinos afirmen que no llegan a fin de mes. La verdadera pelotudez más grande que una casa consiste en que un pelotudo gobierne un país donde millones de personas se endeudan para sobrevivir y aún así crea que, porque todavía siguen sobreviviendo, el problema no existe.
Fernando Viano
