Que un empleado público haya votado a Javier Milei buscando un cambio puede tomarse como algo racional hasta cierto punto. Que ese mismo empleado, un año después, y tras conocerse que la cifra de despidos del sector público nacional, se acerca peligrosamente a los 40 mil trabajadores cesanteados, con una inflación anual superior al 100% sin contar la devaluación, siga defendiendo las políticas libertarias, ya entra en la categoría de lo irracional.
En 1957 León Festinger decía que es habitual dar por sentado que los seres humanos, por el hecho de ser capaces de razonar, nos comportamos de una manera racional; es decir, que nuestras acciones se basan en conclusiones a las que llegamos a través de maneras lógicas de pensar.
Sin embargo, muchas veces, esos momentos en los que reflexionamos sobre algo no son más que una fachada, una excusa superficial que ponemos por encima de una decisión irracional que ya hemos tomado, aunque no nos demos cuenta de ello.
Muchos riojanos, en especial los trabajadores de la Administración Pública Provincial, votaron a Milei y hoy, a pesar de tener que usar las tarjetas de crédito para poder llegar a fin de mes y de que les hayan eliminado subsidios a la energía eléctrica y reciban boletas superiores a los 100 mil pesos, siguen sosteniendo que hay que darle tiempo y que fue una decisión acertada.
Festinger llamó a ese comportamiento la teoría de la disonancia cognitiva, que explica cómo las personas intentan mantener la consistencia interna de sus creencias y de las ideas que han interiorizado evitando contradicciones.
Un estudio privado mostraba casos en los que la gente al ser consultada en su opinión sobre el préstamo de 45 mil millones de dólares con el FMI que tomó Mauricio Macri cuando era presidente y que en su casi totalidad se fugaron del país sin que se hayan traducido en obras o mejores políticas públicas para la gente, decía como primera respuesta, que Cristina también había robado, que era una chorra o mencionaban los bolsos de López, buscando una explicación que pudiera sostener su propia aprobación interna acerca de Mauricio Macri aún cuando este hubiera llevado al país a una situación casi insostenible.
Muchas de esas personas completaron la encuesta diciendo que sus principales medios de información eran canales afines a la política del PRO en ese momento, como TN, La Nación, Clarín, entre otros.
Festinger sugirió que los individuos tienen una fuerte necesidad de que sus creencias, actitudes y su conducta sean coherentes entre sí, evitando contradicciones entre estos elementos. Cuando existe inconsistencia entre éstas, el conflicto conduce a la falta de armonía de las ideas mantenidas por la persona, algo que en muchas ocasiones genera malestar.
Esto lo puede llevar a defender sus creencias o actitudes, incluso llegando al autoengaño, para reducir el malestar que producen o aceptando mentiras como verdades, haciendo trampa al manipular nuestras propias ideas y creencias para hacer que encajen entre sí de manera aparente.
“Gobierne quien gobierne yo me mantengo igual” o “son todos unos choros”, “se les acaba kukas”, “yo trabajo todos los días, no importa quien sea el presidente”, son algunas de las frases más usadas por quienes votaron un modelo que más pronto que tarde los está dejando afuera, pero su propia incapacidad para reconocerlo los hace seguir sosteniendo, hasta de manera violenta, que “Cristina choreaba”, “Alberto era un inútil y violento”, “se afanaron todo” y aún sin entrar en el análisis de esas afirmaciones, las usan como elementos para que su ruido interno no alcance niveles intolerables.
Si Javier Milei se reelige en el 2027 y el La Rioja gana Martín Menem u otro delfín libertario, la ola de despidos del sector público para alcanzar el déficit cero y equilibrar los números, será una avalancha de la que no podrán escapar y a la hora de llegar a fin de mes seguramente se repetirán como un mantra “estamos así porque los peronchos se afanaron todo”. Será tarde. Por suerte algunos empleados públicos ya se están dando cuenta. Festinger ya lo dijo en 1957.
