Hay veces en las que las similitudes de ciertos hechos que se registran en la política argentina asustan. Lo peor es que los finales de esos hechos que se empecinan en parecerse, son similares. Querer ocultar la realidad o minimizar el impacto de algunos hechos puertas adentro, tarde o temprano termina en la generación de una bola de nieve que no puede detenerse.
En 1982 los argentinos y el mundo se enteraron de la noche a la mañana que un grupo de militares trasnochados estaban dispuestos a todo con tal de perpetuarse en el poder, para lo cual diseñaron un golpe de efecto dirigido la opinión pública, que además de fortalecer esas ansias ocultara el desastre económico en el que estaban sumiendo al país o la política de represión y muerte que llevaban adelante.
Para eso no tuvieron mejor idea que llevar al país a una guerra sin sentido, lo suficientemente lejana como para que no afecte y lo más rápida posible en su resolución para que su plan tuviera los efectos deseados.
Solo que del otro lado estaba un país que vivió en guerra por siglos, fue victorioso en dos guerras mundiales y era (es) una de las potencias mundiales más armadas y preparadas para este tipo de situaciones.
Pero desde el primer día el mundo estaba enterado al instante del curso de los acontecimientos, mientras que acá y basados en el control absoluto de los medios de comunicación manejados por la Marina, el Ejército y Aeronáutica, se decía que íbamos ganando y el triunfo final era cuestión de días.
Finalmente llegó la rendición, algo lógico e inexorable para el resto del mundo en base al devenir de los acontecimientos, pero inesperado para los argentinos que ya se creían vencedores.
El fracaso bélico aceleró el desgaste y los tiempos de salida de la Junta Militar del Gobierno de la Nación poniendo fin a una de las épocas más oscuras de la vida de este país.
En este país tratamos de ocultar algunas cosas, en el autoconvencimiento equivocado de que si no las hablamos, investigamos, dilucidamos, no ocurrieron y no tendrán efecto alguno sobre la vida del país y los argentinos.
Por eso cuando Mauricio Claver-Carone, el hombre de Donald Trump en América Latina, anticipó que Estados Unidos investigará el hecho debido a la gran cantidad de damnificados de ese país, las dudas aparecieron por Balcarce 50. El Gobierno sigue sin poder generar una defensa consistente y solo se dedica a esquivar el tema, tirando globos de ensayo a la opinión pública como el posible acuerdo con el FMI.
Todos saben, aunque acá quieran orientar la atención de los medios hacia otro lado, que el escándalo no se diluirá en los tribunales estadounidenses. La persistencia del caso en los medios de comunicación no oficiales y su curso en tribunales del exterior chocan de lleno con la estrategia oficial de minimizar la crisis. «No hay delito», repiten y aseguran que la estafa a 44 mil inversores de distintas partes del mundo no daña la imagen del libertario.
En todo el mundo se habla de una estafa para cuya ejecución el Presidente debió estar cuanto menos enterado y fue actor necesario de la misma. Todos los caminos de las investigaciones pasan por él, su hermana y su entorno más cercano.
No se puede tapar el sol con la mano, o con un dedo, como pretenden en este caso. No se puede engañar al mundo, ni siquiera a la propia sociedad por mucho tiempo. Antes ese engaño podía llevar más tiempo porque no existía la inmediatez de las redes. Hoy, en solo segundos se puede observar que lo que se quiere ocultar desde aquí, incluso manipulando al Congreso, no podrá llegar muy lejos.
Las similitudes asustan, los resultados comienzan a parecerse. Quienes creen que pueden esconder la realidad terminan envueltos en una avalancha que no se detiene hasta que todo está a la luz.
Los militares en aquel entonces y Milei ahora creen que con el manejo de los medios de comunicación se puede modificar la realidad. A veces la realidad, cuando se impone, puede ser más devastadora que una bomba. Aunque no quieran verla.
