El presidente argentino, Javier Milei, ha sido objeto de análisis y críticas debido a la naturaleza de su discurso público, caracterizado por una notable agresividad verbal. Según un informe de Chequeado, en los primeros 14 meses de su gestión, Milei emitió al menos 1.051 insultos, descalificaciones o ataques dirigidos principalmente a opositores políticos, periodistas y economistas críticos, con un promedio de 2,4 agravios diarios.
Este martes, por caso, volvió a atacar de manera furibunda a los comunicadores, a los que tildó de “Basuras”, “empobrecedores” y “operadores”, en este caso por una editorial de Carlos Pagni en La Nación Más, hasta no hace mucho tiempo férreos aliados políticos del presidente.
Este patrón de comunicación no solo deteriora la calidad del debate democrático, sino que también sienta las bases para una escalada de intolerancia en la sociedad. Y se sabe, además, que la violencia verbal, cuando es normalizada desde las más altas esferas del poder, puede traducirse en actos de violencia física, tal y como ocurrió recientemente en el congreso, cuando uno de los asesores del Presidente atacó con virulencia al diputado Facundo Manes. La historia ofrece ejemplos claros de cómo discursos incendiarios han precedido a conflictos y persecuciones.
Un caso contemporáneo es el del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuyo lenguaje agresivo y despectivo hacia diversos grupos y adversarios políticos (que ahora se reitera) fue señalado como un factor que contribuyó a la polarización social y a incidentes de violencia, como el asalto al Capitolio en enero de 2021. Aunque no se puede atribuir directamente la violencia a sus palabras, es innegable que su retórica exacerbó tensiones preexistentes.
En Europa, líderes populistas como Viktor Orbán en Hungría y Matteo Salvini en Italia han utilizado discursos que estigmatizan a inmigrantes y minorías, lo que ha derivado en un aumento de ataques xenófobos y racistas en sus respectivos países. Estos ejemplos ilustran cómo la violencia verbal desde el poder puede legitimar comportamientos agresivos en la población.
En el caso de Argentina, la persistencia de Milei en utilizar términos despectivos como «casta», «zurdo» o «ensobrado» (entre tantos otros) para referirse a sus críticos no solo deshumaniza al adversario, sino que también polariza a la sociedad y dificulta la construcción de consensos necesarios para abordar problemas estructurales, como la pobreza y la desigualdad.
Además, la reciente reinstauración de términos ofensivos como «idiota», «imbécil» y «débil mental» para clasificar grados de discapacidad intelectual en procesos de evaluación para pensiones por invalidez ha generado indignación y críticas por parte de organizaciones defensoras de los derechos de las personas con discapacidad. Esta medida no solo es un retroceso en términos de respeto y dignidad, sino que también refleja una insensibilidad preocupante hacia sectores vulnerables de la sociedad.
El bochornoso discurso de Milei en el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2024 es otro claro ejemplo de su estilo confrontativo y carente de sustancia. En un ámbito donde los líderes mundiales exponen estrategias para el desarrollo económico y la cooperación internacional, Milei optó por una arenga ideológica plagada de ataques a la «casta política», a la justicia social y al «colectivismo». Su intervención fue ampliamente criticada por la falta de propuestas concretas y por su tono agresivo, que resultó más propio de un acto de campaña que de un foro global donde se espera un nivel mínimo de diplomacia y rigor argumentativo.
La violencia discursiva tiene consecuencias tangibles en la convivencia democrática. Un informe titulado «Las palabras importan: análisis de la violencia verbal en el discurso del presidente Javier Milei» alerta sobre cómo el lenguaje agresivo puede erosionar la cohesión social y fomentar actitudes intolerantes.
Es imperativo que los líderes políticos comprendan la responsabilidad que conlleva su posición y el impacto de sus palabras en la sociedad. Fomentar un discurso respetuoso y constructivo es esencial para fortalecer la democracia y evitar que la violencia verbal se traduzca en violencia física. La historia y la experiencia internacional nos enseñan que las palabras importan, y que su uso irresponsable desde el poder puede tener consecuencias nefastas para la paz social y la integridad de las instituciones democráticas.
Escribe: Fernando Viano
