El episodio protagonizado por el asesor presidencial Santiago Caputo en el Honorable Congreso de la Nación, en el que agredió al diputado Facundo Manes, no es una excentricidad aislada más, sino la manifestación concreta de una cultura política que se ha instalado desde la llegada de Javier Milei al poder en Argentina. Caputo, quien recientemente interrumpió una entrevista del Presidente con el periodista Jonatan Viale, ya había quedado expuesto como una pieza clave en la vergonzosa manipulación mediática que rodea a la figura presidencial, sostenida por personajes que dicen ser «formadores de opinión», pero que no son más que simples bufones a sueldo. En este marco, la violencia discursiva del Presidente no solo se multiplica en redes sociales con insultos y descalificaciones, sino que también se traduce en hechos concretos, con seguidores que llevan ese discurso al terreno físico. Ocurre que la agresión verbal como ejercicio constante crea un clima de hostilidad que, tarde o temprano, desemboca en violencia real.
Según un informe de chequeado.com, desde su asunción en diciembre de 2023 hasta febrero de este año, Milei ha lanzado más de mil ataques públicos a opositores, economistas, periodistas y hasta líderes internacionales. Sin embargo, esta retórica combativa no es señal de firmeza, sino de fragilidad: la precariedad de su discurso político se hace cara vez más evidente. Con falacias como argumento, construye un relato basado en la distorsión y la mentira, evadiendo cualquier debate serio sobre las políticas que implementa. En su lógica discursiva, no hay espacio para el matiz ni para el diálogo, sino solo para la confrontación permanente. A esto se suma la sistemática utilización de argumentos ad hominem, en los que desacredita a sus críticos sin refutar sus planteos, reduciendo el debate político a una sucesión de agravios y descalificaciones personales.
Esta estrategia discursiva no es nueva en la política mundial. Donald Trump, durante su mandato en Estados Unidos, empleó un estilo similar basado en la descalificación de la prensa, la oposición y hasta de sus propios funcionarios. Su constante ataque a los medios como “enemigos del pueblo” terminó creando un clima de polarización extrema que derivó en episodios como el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. En Brasil, Jair Bolsonaro también utilizó un discurso de confrontación y desprecio por las instituciones democráticas, apelando a noticias falsas y tergiversaciones que alimentaban a su base electoral mientras descalificaba a cualquier voz disidente.
El caso de Milei sigue ese mismo patrón. Su comunicación no busca construir consensos ni ofrecer soluciones reales, sino sostener una narrativa de conflicto permanente que lo mantenga en el centro de la escena. Sin embargo, a diferencia de Trump o Bolsonaro, que contaban con un fuerte respaldo parlamentario o estructuras políticas consolidadas, Milei enfrenta un escenario de creciente aislamiento. La imagen que dejó en la Asamblea Legislativa es la mejor representación de la soledad del poder. Habló ante un recinto semivacío, con una oposición que prefirió ausentarse antes que validar su puesta en escena. Frente a él, un grupo de seguidores que no cumplen con el rol de legisladores sino con el de una hinchada, aplaudiendo y gritando sin razón aparente. Es la imagen de un liderazgo que se encapsula en su propia retórica agresiva, cada vez más desvinculado de la realidad política y social del país.
A esta precariedad discursiva se suma el vacío de gestión. Argentina atraviesa una crisis económica y social profunda, pero Milei elige no referirse a los problemas estructurales que requieren respuestas urgentes. No hay presupuesto aprobado para 2025, lo que deja a las provincias (a las que no conoce y desprecia) y a la administración pública en una incertidumbre total. En su discurso ante la Asamblea Legislativa, el Presidente evitó cualquier mención a dos áreas esenciales para el desarrollo de la sociedad: la salud y la educación. Ni una sola referencia a los hospitales desfinanciados, ni una palabra sobre el futuro de las universidades y el acceso a la educación pública. En cambio, sí hizo hincapié en «seguridad», destacando la labor de la ministra Patricia Bullrich, aunque no para presentar políticas concretas sino para reforzar su enfrentamiento político con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Así, utilizó un hecho tan sensible como el crimen de una niña de 7 años para capitalizar su disputa política y sacar rédito electoral. En suma, el foco estuvo puesto en las descalificaciones y en la autocomplacencia de su relato, alejado de la realidad que viven millones y millones de argentinos.
El problema de fondo es que el vacío de ideas no se llena con insultos, y la precariedad del discurso no resuelve los problemas de la gente. La inflación, el desempleo y la crisis social no desaparecen con exabruptos en redes sociales o discursos cargados de odio. Milei ya no es un outsider mediático ni un candidato disruptivo, es el Presidente de la Nación, y su rol es gobernar para todos los argentinos, sin escepciones. Pero cuando el poder se reduce a gritos y agravios, tarde o temprano, lo que queda es la soledad. Y esa soledad, como ha demostrado la historia, suele ser la antesala del ocaso político.

Escribe: Fernando Viano