El rescate de José Portugal tras trece días extraviado en la montaña conmocionó a toda La Rioja y despertó una ola de esperanza. Sin embargo, esa emoción pronto quedó opacada por la vorágine digital: discursos de odio, teorías conspirativas y una crítica feroz al Estado que, en su contradicción, revela la profunda crisis de verdad y confianza que atraviesa la sociedad.
Escribe: Fernando Viano
José Portugal apareció con vida luego de trece días desaparecido en el cerro El Morro, en La Rioja. Su rescate fue el resultado de un operativo calificado como “el más grande en la historia de la Provincia”, que involucró bomberos, Ejército, drones y decenas de rescatistas volcados a la búsqueda. Mientras la emoción colectiva se disparaba ante lo que muchos llamaron un «milagro», el ruido digital produjo otra cosa: en los muros y redes sociales se mezclaban cadenas de esperanza con memes, chistes crueles, teorías conspirativas y cuestionamientos al Gobierno. Un informe preliminar registró que más del 60% de las menciones en redes se orientaron hacia el descrédito y el escepticismo, con expresiones como “circo” o “payasos” circulando sin filtro.
Este fenómeno no es fortuito ni casual. Investigaciones demostraron ampliamente que las noticias falsas se propagan más rápido y más lejos que las verdaderas, impulsadas por la naturaleza humana que prioriza lo impactante y novedoso sobre lo verificado. La personalización algorítmica de las plataformas digitales, conocida como filter bubble (concepto que describe cómo los algoritmos personalizados en línea aislan la información diversa), intensifica este efecto, mostrando a cada usuario aquello que confirma sus creencias y oculta voces discrepantes, endureciendo lecturas y amplificando la polarización.
Por otra parte, un informe reciente elaborado por el Centro de Estudios en Opinión Pública (CEOP) de la Universidad de Buenos Aires reveló que alrededor de un 65% de las personas reconoce haber compartido contenidos sin corroborar su veracidad. El mismo estudio, señala además que la polarización digital se ha profundizado en los últimos años, afectando negativamente la convivencia social y la confianza en las instituciones democráticas.
Este diagnóstico local pone en evidencia la magnitud del problema y su impacto directo en casos como el de José Portugal, donde la vorágine informativa y la desconfianza sembrada en redes sociales dificultan la construcción de relatos compartidos y el diálogo racional.
En este contexto, la sociedad argentina, como muchas otras en la región, enfrenta una crisis de la verdad que se traduce en un extravío colectivo. El sociólogo, filósofo, ensayista y catedrático Daniel Innerarity señala que vivimos en una “sociedad de la desconfianza” donde la línea que separa verdad de mentira se vuelve borrosa y cada hecho público es interpretado a través del prisma de la sospecha. El vacío informativo que se genera en días como los que Portugal estuvo desaparecido crea, además, un caldo de cultivo propicio para el rumor y la construcción de versiones interesadas.
Este escenario no es nuevo. El caso Santiago Maldonado ofrece un antecedente doloroso: la ausencia de certezas durante semanas generó una saturación de rumores, acusaciones cruzadas y un duelo público marcado por la desinformación digital. Las redes sociales, lejos de facilitar la construcción de consensos, se convirtieron en herramientas para la guerra de narrativas que profundizaron la división y el desencuentro social.
Las consecuencias de estos procesos son profundas y dañinas. Primero, revictimizan a las personas y sus familias, transformando su dolor en espectáculo y objeto de debate público hostil. Segundo, desplazan la atención hacia la política y la conspiración, cuando el foco debería ser la vida rescatada y las condiciones de su recuperación. Tercero, erosionan la confianza en las instituciones que intervienen legítimamente en estas emergencias, debilitando la capacidad de respuesta colectiva. Finalmente, naturalizan un escepticismo militante que se vuelve performativo, y que cierra las puertas al diálogo y la búsqueda de la verdad.
Fragmentación y vulnerabilidad
Pero esta crisis es más profunda que la mera circulación de información falsa o rumores. En Argentina, y en particular en este caso, se observa una paradoja que atraviesa las relaciones entre la sociedad y el Estado. Sectores que dependen de recursos públicos -en muchos casos, beneficiarios directos de políticas estatales- son también los críticos más feroces y constantes de esas mismas instituciones. Esta contradicción no es solo un fenómeno político, sino una práctica discursiva que funciona como mecanismo de poder y control social, un sistema que despliega deslegitimación constante y alimenta la desconfianza para sus propios fines, dejando a la comunidad más fragmentada y vulnerable.
Esta actitud contradictoria se ve potenciada en las redes sociales, donde la inmediatez y el anonimato permiten que el insulto y la teoría conspirativa se naturalicen, mientras que el diálogo razonado se vuelve cada vez más escaso. La consecuencia es una espiral de crisis permanente en la que la incertidumbre, el odio y el descreimiento se retroalimentan, y que desarma cualquier posibilidad real de construir consensos mínimos indispensables para la vida democrática.
Si la desaparición y posterior rescate de José Portugal simbolizan una historia de supervivencia física, la reacción social y mediática nos habla de una supervivencia colectiva cada vez más precaria en el terreno de lo simbólico y lo comunicacional. La “crisis de la verdad” que atraviesa nuestra era no solo implica la proliferación de mentiras o posverdad, sino que representa la pérdida del sentido compartido, la ruptura del contrato social basado en la confianza y el diálogo. Como explica el filósofo, teólogo católico y ensayista surcoreano experto en estudios culturales Byung-Chul Han, vivimos en la “sociedad de la transparencia” saturada de información, pero fragmentada y empobrecida en su capacidad de encuentro auténtico.
No hay héroes ni salvadores automáticos para este panorama. Estamos todos extraviados, no solo en la montaña física sino en la montaña de la comunicación digital y social, donde la verdad es relativa y el respeto escaso. Quienes utilizan el Estado para sus propios beneficios, mientras instalan el descrédito feroz como instrumento de poder, contribuyen a esa desorientación profunda que nos aleja de cualquier horizonte común.
El rescate que nos queda es arduo y exige una revisión profunda de nuestras prácticas comunicativas, éticas y políticas. Sin embargo, esa posibilidad parece alejarse en un paisaje dominado por la desconfianza activa y la polarización feroz. En ese contexto, el regreso de José Portugal no es solo un final feliz, sino también una metáfora incómoda: el hombre vuelve de la montaña, pero nosotros -en contexto social- estamos cada vez más perdidos.
