Mañana es 9 de Julio, Día de la Independencia, y el presidente Javier Milei no viajará a Tucumán, donde históricamente se celebra esa fecha fundacional. La excusa oficial es insólita: la niebla impide el despegue. La realidad es otra, más cruda y evidente: Milei no quiere exponerse a lo que se convirtió en su nuevo paisaje político cotidiano: la soledad.
Hace un año, el por entonces flamante presidente convocaba al «Pacto de Mayo», rodeado de gobernadores, envalentonado por el supuesto respaldo popular y un relato de refundación nacional que prometía un futuro sin privilegios ni corrupción. Doce meses después, Milei se repliega a la Casa Rosada, sin agenda federal, sin consenso político y sin siquiera la voluntad de compartir una foto con quienes gobiernan las provincias.
La mayoría de los gobernadores confirmó su ausencia en el acto conmemorativo. Ni siquiera hubo una convocatoria formal: algunos aseguran que no recibieron invitación, otros simplemente decidieron no viajar. Lo cierto es que Milei destruyó, en tiempo récord, cualquier atisbo de construcción política con las provincias. Les recortó fondos, les quitó el FONID, eliminó los subsidios al transporte, desmanteló organismos clave como Vialidad Nacional y dejó en pausa obras públicas esenciales. ¿Qué esperaba a cambio? ¿Adhesión incondicional?
El relato del gobierno se sostiene en una narrativa heroica que lo muestra enfrentando a una «casta» omnipresente. Pero en la práctica, lo que se observa es un aislamiento preocupante, producto de una gestión sin puentes ni matices. El conflicto con los gobernadores no es tan solo ideológico: es, también, fiscal. Y Milei, lejos de resolverlo, lo profundiza. Las provincias dejaron de ser parte del país federal que promete la Constitución para transformarse en meras espectadoras del ajuste.
Pero hay algo más grave, incluso. La simbología del 9 de Julio no es cualquier cosa. Habla de independencia, de soberanía, de unidad nacional. Milei, en cambio, parece celebrar la dependencia: del FMI, de los mercados, de un experimento libertario que precariza derechos y destruye estructuras básicas del Estado. No hay independencia posible cuando el país se entrega al mandato financiero sin miramientos. No hay soberanía cuando se celebran los despidos, el cierre de instituciones y el achique brutal de la vida pública. No hay unidad cuando se gobierna con desprecio hacia todo lo que no encaje en su dogma.
En ese contexto, su ausencia en Tucumán no es un simple accidente meteorológico: es una elección política. Milei no está dispuesto a compartir escenario con quienes lo contradicen, con quienes gestionan las consecuencias del ajuste, con quienes reclaman un país más equitativo. Prefiere la comodidad del monólogo, la furia tuitera, el show en redes sociales. Pero la política, tarde o temprano, exige presencia. Exige respuestas. Exige asumir que gobernar no es imponer, sino acordar.
Milei podrá seguir culpando a la niebla, al viento, a los gobernadores o al pasado. Pero lo que empieza a rodearlo no es la bruma, sino el vacío. Un vacío político, institucional y simbólico que se hace cada vez más evidente. Y que, en una fecha como la que se celebra mañana, desnuda una verdad incómoda: mientras el país recuerda el día en que decidió ser libre, su presidente se encierra, solo, en su propio experimento.
